Chloe estaba feliz. En el escaparate estaban precisamente aquellos zapatos con los que llevaba tanto tiempo soñando y para los que había ahorrado durante al menos otro tanto. Su madre no compartía su entusiasmo.
—Hija, esos zapatos son ridículos. Y parecen de los que llevan… las mujeres de la peor clase. ¡Quítatelos de la cabeza!
A Chloe le daba igual. Tenía doce años y sentía la necesidad de descubrir quién era, de encontrar su propio estilo. Cierto que aquel estilo todavía debía mucho a los cuentos y las historias de su infancia, pero ¿acaso importaba?
Miró por la ventana, hacia la de enfrente. Había luz, y una silueta se recortaba contra su resplandor. Allí estaba ella, el sueño al que se entregaba. Su mirada recorría sus curvas, de una manera casi voyeurista: apenas una sombra sobre el estor de tela bajado, un mero reflejo de su verdadera hermosura. No se atrevía a decirle lo que pensaba y sentía. Al fin y al cabo, era tan joven que podría haber sido su hija. Así que se conformaba con miradas furtivas, se refugiaba en sus sueños en lugar de hablarle, de intentar quizá acercarse a ella. Apenas rondaba los cuarenta y cinco años, estaba en la plenitud de la vida. Pero llevaba seis años solo, desde que su mujer lo había dejado, y la soledad había dejado huellas en su alma.
Siempre había salido a la calle y amaba la libertad de la que podía disfrutar allí. Cada día había cosas nuevas que descubrir y observar. Olores, sonidos, desconocidos que a veces se detenían a acariciarla. Pero también había personas que le arrojaban piedras o la ahuyentaban. En ocasiones, los peores eran quienes tenían hijos.
La verdadera belleza está en el interior. Aborrecía aquella frase, porque era la mayor mentira que había encontrado en su vida. Sabía manejar las palabras, hacer malabarismos con ellas como pocos. Ayudaba a la gente, le daba ánimos y le enseñaba a mirar dentro de su propio corazón. Pero nadie quería aventurarse a mirar en el suyo, porque a la mayoría no le gustaba lo que veía allí. Él era el monstruo, el ser relegado a los márgenes, la criatura de la que podían burlarse y a la que podían ahuyentar. La cosa que cargaba con una culpa que no había cometido.
Era el atardecer, y un anciano estaba sentado a solas en la azotea de su casa, entregado a sus recuerdos. Pensaba en los amigos que se habían marchado antes que él, en las guerras en las que había combatido y en la mujer a la que había amado. Cerró los ojos y escuchó el viento que acariciaba suavemente la casa. Le pareció que traía consigo una tenue melodía. Se abandonó a la calma y se dejó llevar por aquel canto apenas perceptible.
Quisiera invitarte a acompañarme un poco. A retroceder unos años, hasta una época en la que pensaba menos en las consecuencias de mis actos y mis palabras. O, mejor dicho, en lo que puede suceder cuando dejamos de actuar o de hablar.