Era el atardecer, y un anciano estaba sentado a solas en la azotea de su casa, entregado a sus recuerdos. Pensaba en los amigos que se habían marchado antes que él, en las guerras en las que había combatido y en la mujer a la que había amado. Cerró los ojos y escuchó el viento que acariciaba suavemente la casa. Le pareció que traía consigo una tenue melodía. Se abandonó a la calma y se dejó llevar por aquel canto apenas perceptible.
El canto del viento, que vibra sin ser oído en tantos corazones. El sueño que nos impulsa a seguir adelante, a partir hacia nuevas orillas y a buscar el camino del paraíso perdido.
Después de tantos años de soledad, volvió a sentirse feliz de pronto. Aquella melodía, tan dulce y a la vez tan extraña, lo invitaba a confiarse al viento y a dejarse llevar sobre sus alas por los reinos de los sueños y la imaginación. Hacia aquellos lugares remotos de los que el viento cantaba en su corazón.
Cuando el anciano apartó la mirada del cielo, comprendió de pronto cuán grande era el mundo y qué poco había visto de él. Lamentó haber malgastado tantos años de su vida en nimiedades y disputas. Sintió pena por quienes no reconocían su propia ceguera, por quienes se negaban a ver que los aguardaba un mundo lleno de maravillas y preferían entregarse a querellas sin sentido.
Aquella noche estuvo colmada de sueños y visiones maravillosas que habrían de acompañarlo durante mucho tiempo. Cuando el canto del viento se apagó, ya no pudo conciliar el sueño. Iba y venía entre la azotea y la estera donde acostumbraba dormir, deseoso de escuchar una vez más aquella melodía hasta entonces desconocida, de rendirse de nuevo al hechizo de su fragancia. Pero el viento que trae esos sueños solo recorre el mundo de noche, o en circunstancias muy especiales.
A la mañana siguiente, salió de su casa y recorrió las calles conocidas con una atención y una disposición nuevas. Sentía cierta tristeza, pues el viento había dejado en su corazón un anhelo que ni la fruta, ni el pan, ni el vino podían saciar. Pero también era feliz, porque había podido vislumbrar una parte del mundo que, aun estando llena de maravillas, permanece oculta para la mayoría.
La vida cotidiana siguió su curso, pese a cuanto había descubierto. ¡Qué importaba! Que los demás se conformaran con sus disputas y sus trivialidades. Que ofrecieran sacrificios en los templos a sus dioses sordos y mudos. Por primera vez en su vida, él había sentido la verdadera divinidad: un hechizo lleno de amor que no necesitaba las sombrías amenazas de los sacerdotes. Su poder nacía de que respiraba en su corazón e inundaba su alma.
Sabía que no podía compartir aquel secreto con nadie. Se burlarían de él, lo llamarían viejo necio. ¿Y si los sacerdotes llegaban a enterarse? No toleraban rival alguno, por inofensivo que fuese. Lo castigarían, aunque contara ya más de ochocientas cincuenta lunas. Pero eso no le importaba. Había caído bajo un encantamiento verdadero, y la gente percibía que llevaba algo dentro, que una presencia especial lo acompañaba.
Le sonreían y se alegraban de verlo de nuevo entre ellos después de tantos años de soledad, conversando y saludando a viejos conocidos. Era bienvenido. Tras largos años de olvido, volvía a ser bienvenido entre los suyos. Sin embargo, su corazón ansiaba ahora algo distinto…
Al caer la tarde, el anciano regresó a la azotea y esperó al Viento Nocturno. Deseaba que volviera a cantarle acerca de tierras lejanas y a envolverlo en aromas embriagadores. Allí permaneció, contemplando las estrellas, siguiendo el anhelo de su corazón y llamando en silencio a su nuevo amigo.
Después de un rato de quietud y recogimiento, oyó al fin el suave susurro del Viento Nocturno, su amigo. Y una vez más, el viento le habló de lugares remotos, de ciudades inconcebibles y olvidadas, y de las personas que en ellas vivían y amaban. Le contó destinos cuya grandeza le resultaba extraña y prodigiosa. Cantó acerca de sueños que aún no habían nacido y aguardaban en la oscuridad para llevar alegría a los hijos del sol…
El anciano sonrió. Jamás se había sentido tan en paz.
Durante otras dos lunas, tarde tras tarde, subió a la azotea para recibir a su amigo, que tantas maravillas sabía mostrarle y que lo ayudaba a sentirse joven y fuerte de nuevo. Una juventud renovadora, sin afán de conquista ni necesidad de competir con nadie.
De día, contaba sus aventuras a los niños, y ellos lo amaban por ello. Se había convertido en el gran narrador de historias, aquel cuyos relatos eran tan maravillosos que incluso un erudito acudió para ponerlos por escrito. No todos comprendían lo que intentaba expresar con palabras, pero eso carecía de importancia. Sus corazones escuchaban y comprendían.
Porque un corazón es como una flor. Si se lo cuida, se abre y concede a quien lo lleva un resplandor que nada tiene que envidiar al del sol, una luz capaz de iluminar también otros corazones.
Con el tiempo, el anciano fue perdiendo fuerzas y salía cada vez menos de casa. Pero la gente lo quería y lo visitaba con frecuencia para saber cómo se encontraba. Le llevaban comida, regalos y vino. Incluso uno de los sacerdotes acudió, envuelto en mantos para no ser reconocido, y le trajo incienso. Sin embargo, nada alegraba tanto al anciano como las visitas de los niños, cuando le pedían más historias del Viento Nocturno. Era más feliz que nunca, aunque sabía que ya no le quedaba mucho tiempo…
Así fue como, una tarde, pidió al Viento Nocturno que lo llevara consigo en sus viajes. Se había hecho viejo, le dijo, y deseaba contemplar por sí mismo, aunque solo fuera una vez en la vida, las maravillas de las que su amigo le hablaba noche tras noche.
El Viento Nocturno, aquel espíritu solitario, también anhelaba compañía, pues la mayoría de los hombres le temían. Rara vez era bienvenido en algún lugar, y más raro aún era encontrar a alguien capaz de comprenderlo.
Le costaba resistirse a las súplicas de su amigo. Pero también él estaba sujeto a ciertas reglas. El anciano debía contar todavía una historia más, no muy distinta de esta. Debía aliviar el miedo de los hombres y ayudarlos así a abrir los ojos a lo maravilloso.
Sería la historia del Viento Nocturno. La de aquel espíritu que recorre el mundo a solas, llevando consigo los recuerdos. Aquel que vela por los perdidos y los solitarios, y les ofrece consuelo y amor en la hora de su mayor desamparo.
El Viento Nocturno le rogó que le concediera aquel único deseo. Le dio las fuerzas necesarias y le hizo una promesa que jamás olvidaría.
El anciano aceptó. Al día siguiente, contó la historia del Viento Nocturno. Nunca había tenido tantos oyentes. Algunos habían llegado incluso desde otras poblaciones. Fue un día espléndido para todos los que estuvieron allí.
Habló de los secretos y de los lugares maravillosos que el Viento Nocturno le describía noche tras noche. Del origen y del manantial de la vida, y de cómo el amor que de ellos brota sigue habitando nuestras almas. Habló del refugio de los sueños, del pozo de las esperanzas y los anhelos. Dijo que cada encuentro en la vida tenía una razón de ser, aunque a veces hubiera que esperar mucho tiempo para reconocer el bien que encerraba. Y habló de muchas otras cosas. Sus oyentes lo escuchaban hechizados y en silencio, y al final todos luchaban por contener las lágrimas de felicidad…
Sus amigos se marcharon y pasaron la tarde hablando únicamente de lo que el anciano les había contado. Había tanta vida, tanta fuerza en aquel cuerpo viejo y frágil, y el hechizo que emanaba de él habría hecho enmudecer de reverencia a los propios dioses. Porque la suya era la magia del amor puro. Una magia capaz de tocar a cualquier ser y que no podía comprarse con sacrificios ni metales preciosos.
Cuando el Viento Nocturno llegó aquella noche, los chacales alzaban su canto triste hacia la oscuridad. Los habitantes de la ciudad mantenían puertas y ventanas cerradas, y nadie se atrevía a salir.
Los dos amigos se encontraron llenos de alegría. El uno, porque había perdido una pequeña parte del terror que inspiraba, al menos para unos pocos. El otro, porque su amigo lo alzaba suavemente sobre sus alas y lo llevaba hacia un mundo de asombro y maravillas.
El Viento Nocturno cumplió su promesa.
Se llevó al anciano consigo, atravesó el desierto, voló sobre el mar y recorrió ciudades. Lo dejó mirar por las ventanas y compartir los destinos de desconocidos: alegrías y temores, risas y lágrimas, nacimiento y muerte. El mundo del Viento Nocturno.
Durante aquel viaje, el anciano vio seres extraños, animales y personas. Sus apariencias podían ser distintas, pero a medida que aprendía a mirar el mundo con los ojos del Viento Nocturno, aquellas diferencias se hacían cada vez menores.
Hombre o mujer, niño o soldado, animal o ser humano, a todos los movía el mismo deseo: ser amados y encontrar en su vida un lugar para el amor que ellos mismos tenían para ofrecer.
El viaje por aquel mundo maravilloso parecía no tener fin. A veces, el Viento Nocturno llevaba consigo a otras personas, y siempre tenía palabras de consuelo para quienes recogía. Pero nadie permanecía sobre sus alas tanto tiempo como el anciano.
Al fin, el Viento Nocturno llegó a una ciudad luminosa. Era inmensa y se extendía hasta donde alcanzaba la vista, de horizonte a horizonte. Sin embargo, no resultaba intimidante. De una manera extraña, parecía familiar.
El anciano reconoció algunos rostros. Allí estaba uno de sus hijos, aquel que años atrás había partido para buscar fortuna en tierras lejanas. También había viejos amigos a quienes había creído muertos y junto a los dioses.
Y entonces la vio.
Su amada esposa, por quien había derramado tantas lágrimas a lo largo de los años y a quien había pensado que nunca volvería a ver. Era joven y hermosa, tal como la había conservado en su corazón.
El anciano suplicó al Viento Nocturno que lo dejara en aquel lugar, junto a sus amigos, su hijo y su amada esposa.
Sabía que tarde o temprano encontraría allí también a sus otros amigos. Porque había comprendido quién era su compañero y que, algún día, llevaría a todos los seres vivos la noche, aquel sueño maravilloso…
Cuando los chacales terminaron su canto y la mayoría de los habitantes de la ciudad donde había vivido el anciano se atrevieron a salir de nuevo, un niño pequeño subió a la azotea de la casa de sus padres, justo al lado.
Saludó al día como solo saben hacerlo los niños y regaló una amplia sonrisa al sol naciente. En la azotea vecina, el anciano que conocía tantas historias hermosas parecía haberse quedado dormido. El pequeño decidió ir a despertarlo. Tal vez tuviera una historia especial que contarle.
Fue el llanto desesperado del niño lo que llamó la atención de la gente. Subieron a la azotea y lo encontraron sacudiendo el cuerpo inmóvil del anciano, rogándole una y otra vez que despertara.
Uno de los mayores apartó con delicadeza al pequeño. El anciano yacía sobre una alfombra sencilla, entre jarras de barro rotas. Había algo extraño en su rostro: una sonrisa tan llena de felicidad como muy pocos habían visto jamás.
Debió de haber contemplado algo muy hermoso cuando su corazón dio su último latido…
Lo enterraron en las afueras de la ciudad, como era costumbre en aquellos tiempos, y alzaron en su memoria una hermosa piedra de caliza de conchas. Un lugar donde recordar al anciano y sus maravillosas historias.
Con el paso del tiempo, fueron quedando cada vez menos personas que lo hubieran conocido. Solo sus relatos sobrevivieron a él y a quienes los habían escuchado. Cada vez eran menos los que visitaban su monumento, hasta que una noche, mientras casi todos dormían, tan solo un viento acarició suavemente la piedra, solo y silencioso, llorando a un amigo querido al que, a su manera, también él había perdido.
Un día, no sabría decir cuándo, la ciudad fue abandonada y sepultada bajo la arena. Un lugar donde se habían vivido y olvidado sueños y esperanzas, donde se había amado, reído y llorado, hasta que la propia ciudad cayó en el olvido.
Y con ella, el anciano y su piedra.
Ocultos bajo el polvo y la arena.
Solo uno no volvió a olvidar jamás: ni al Viento Nocturno, al que todavía escucha algunas veces, ni a quien había sido en otro tiempo…