Siempre había salido a la calle y amaba la libertad de la que podía disfrutar allí. Cada día había cosas nuevas que descubrir y observar. Olores, sonidos, desconocidos que a veces se detenían a acariciarla. Pero también había personas que le arrojaban piedras o la ahuyentaban. En ocasiones, los peores eran quienes tenían hijos.
«Un saco de pulgas».
«Seguro que transmite enfermedades. No la toques».
Y si se acercaba demasiado, la espantaban. No entendía por qué, pero, al final, tampoco le importaba demasiado. Casi siempre percibía cuándo era bienvenida y cuándo no. Tenía buenos instintos. Y, después de todo, siempre estaba aquella anciana que la quería…
Solo tres manzanas más y volvería a la cálida seguridad del piso. Allí nadie le arrojaría piedras ni la echaría. La caza infructuosa pronto quedaría olvidada. La señora le serviría algo sabroso y disfrutaría viéndola comer con apetito.
Su intención era volver sin detenerse. Por aquel día ya había tenido suficiente, y la lluvia tampoco resultaba agradable. Pero de pronto percibió algo: un olor. Era maravilloso y la cautivó por completo.
Miró a su alrededor y siguió su olfato hasta encontrar su origen. Una caja rectangular con una pequeña puerta delante. ¡Sí, el olor salía de allí! ¿Quién habría dejado olvidada una cosa tan interesante en un patio trasero?
Se acercó con cautela y olfateó con curiosidad. La pequeña puerta le recordaba a la gatera por la que se deslizaba al regresar junto a la anciana por las noches. De las calles frías a la acogedora seguridad del hogar. Junto a aquella señora a la que tanto quería…
El olor era tan maravilloso, y aquella puertecita despertaba tantos recuerdos… Se deslizó al interior y se frotó contra el retazo de tela que había dentro. Se entregó por completo a su aroma y olvidó el tiempo y cuanto la rodeaba. En aquel momento solo le importaban aquel trozo de tela y su fragancia de ensueño.
Hasta que la puerta se cerró de golpe y unas risas maliciosas y unos chillidos le llenaron el cuerpo de miedo…
La puerta se abrió y algo que parecía una mano, pero olía de otra manera y tenía un tacto extraño, la agarró con brusquedad. Mordió y bufó, pero a aquella cosa con forma de mano no parecía importarle. La sacudieron violentamente y sintió una punzada de dolor que le atravesó la nuca.
Aquella noche gritó muchas veces más y se defendió con todas sus fuerzas. Pero no sirvió de nada, y nadie vino a ayudarla.
No comprendía. Ella no le había hecho daño a nadie. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué le causaban tanto dolor?
Era inocente…
A la mañana siguiente, unos niños fueron a jugar al patio y se acercaron al oír sus lastimeros maullidos. Ya no podía defenderse ni hacer otra cosa que dejar escapar su dolor en un débil lamento. Se había ensuciado de miedo y sufrimiento y permanecía tendida, apoyada contra una pared.
Ni siquiera podía llorar su desgracia desde las cuencas vacías de sus ojos. Pero comprendía que la anciana nunca volvería a darle de comer, ni a acariciarla, ni a llamarla por su nombre.
Lo sentía tanto.
Lo sentía terriblemente…
Los niños comenzaron a llorar al encontrarla. Uno de los chicos corrió a casa a buscar a su madre. La mujer la recogió con cuidado, la envolvió en una toalla y la llevó a un veterinario.
Él ya no podía hacer nada salvo dormirla para siempre. Como no llevaba tatuaje de identificación ni collar, tampoco pudo encontrar a su dueño. Su pequeño cuerpo maltratado, ahora frío, fue enviado a una planta de recogida y tratamiento de animales muertos.
Nunca volvieron a verla.
Unos días después aparecieron carteles en las farolas. Mostraban a una pequeña gata sentada tranquilamente sobre una manta, lamiéndose las patas.
Tan solo un ser pequeño y frágil.
Al que echaban de menos porque era amado…