Miró por la ventana, hacia la de enfrente. Había luz, y una silueta se recortaba contra su resplandor. Allí estaba ella, el sueño al que se entregaba. Su mirada recorría sus curvas, de una manera casi voyeurista: apenas una sombra sobre el estor de tela bajado, un mero reflejo de su verdadera hermosura. No se atrevía a decirle lo que pensaba y sentía. Al fin y al cabo, era tan joven que podría haber sido su hija. Así que se conformaba con miradas furtivas, se refugiaba en sus sueños en lugar de hablarle, de intentar quizá acercarse a ella. Apenas rondaba los cuarenta y cinco años, estaba en la plenitud de la vida. Pero llevaba seis años solo, desde que su mujer lo había dejado, y la soledad había dejado huellas en su alma.

No, tampoco mañana le hablaría. Guardaría sus deseos para sí. Un buenos días o un hola de vez en cuando, acompañado de una sonrisa, ya bastaba para alegrarlo. La soledad enseña a conformarse con poco.

Por la noche, quizá trabajaría un rato más, revisando las cuentas. Una tarea tediosa pero necesaria, aliviada por alguna conversación en línea con personas a las que, en su mayoría, no conocía personalmente. Y una y otra vez miraba hacia la ventana de ella, con la esperanza de encontrarla iluminada.

Desde su escritorio podía verla y abandonarse a aquel sueño. ¿Cómo sería descansar entre sus brazos, sentir su aliento? Tal vez incluso posar sus labios sobre los de ella…

No. No se permitiría albergar esperanzas. Tenía edad suficiente para saber que los sueños casi siempre siguen siendo sueños. Volvió a mirar la ventana. La luz estaba apagada. Probablemente ya estaría acostada, pensando en su novio o en alguien a quien amaba. Regresó la mirada a la pantalla y volvió a concentrarse en el trabajo…

Ella se alegró: él había encendido de nuevo la luz. Por su tonalidad cálida, debían de ser lámparas halógenas, cuyo resplandor dibujaba su silueta contra la ventana. Lo observaba por la rendija que había dejado entre el estor y el marco.

Sí, le gustaba. Aquel hombre que sabía sonreír con tanta simpatía, que siempre la saludaba amablemente cuando se cruzaban en la calle o en la tienda cercana. Le gustaba observarlo. Era mayor, desde luego, pero eso no le importaba. Era atractivo y se sentía a gusto con él. Sin embargo, no se atrevía. Sencillamente, no lograba reunir el valor para hablarle.

¿Y si al hacerlo estropeaba algo? ¿Y si él la consideraba tonta e inexperta y la rechazaba entre risas? La idea le dolía, le atravesaba el corazón.

No. No quería romper aquel delicado tejido que creía sentir entre ambos cuando se encontraban. Prefería aferrarse a sus sueños y disfrutar de alguna mirada secreta hacia su ventana mientras él estaba sentado frente al monitor. Era una ilusión, nada más, y lo sabía. Se lo decía la razón, y ella había aprendido a anteponer la razón al corazón.

Estoy en un jardín. Es de noche, y ante mí hay ventanas iluminadas que derraman su luz sobre el patio. Apoyado en un árbol, descanso de mis andanzas nocturnas.

Permanezco allí, junto al árbol, contemplando dos sombras proyectadas desde las ventanas. Se encuentran en este patio oscuro y vacío, y casi parece que se abrazan. Dos sombras nacidas de la luz, que encuentran el camino hacia la otra que las personas no se atreven a recorrer…

Y son muchas las sombras que danzan en los patios y en los corazones.