Chloe estaba feliz. En el escaparate estaban precisamente aquellos zapatos con los que llevaba tanto tiempo soñando y para los que había ahorrado durante al menos otro tanto. Su madre no compartía su entusiasmo.

—Hija, esos zapatos son ridículos. Y parecen de los que llevan… las mujeres de la peor clase. ¡Quítatelos de la cabeza!

A Chloe le daba igual. Tenía doce años y sentía la necesidad de descubrir quién era, de encontrar su propio estilo. Cierto que aquel estilo todavía debía mucho a los cuentos y las historias de su infancia, pero ¿acaso importaba?

¿No tenemos sueños y esperanzas a cualquier edad, y los vinculamos a ciertas cosas? Las cosas podemos comprarlas. Los sueños, no. Pero quizá los sueños se hagan realidad si compramos esas cosas.

Chloe estaba segura. Con aquellos zapatos, los demás verían en ella a la princesa y la bailarina que tanto deseaba ser. Rebuscó en su pequeño bolso de colores, un bolso de niña. Nueve francos y noventa céntimos. Para Chloe, una pequeña fortuna que había reunido durante un año y medio con una determinación inquebrantable. Y le había costado mucho. Nada de caramelos, que tanto le gustaban. Nada de refrescos de cola, ni chicles, ni siquiera un trozo de chocolate. ¡Nada! Cada céntimo que llegaba a sus pequeñas manos terminaba en el calcetín donde guardaba sus ahorros. Incluso había renunciado al zoológico, que tanto le gustaba.

Ahora estaba ante la tienda: ¡Chaussures Joly! Una promesa. Una esperanza. Un sueño a punto de cumplirse. Chloe corrió hacia el escaparate y buscó entre los modelos expuestos los zapatos de sus sueños. Y allí estaban: de una forma preciosa. Elegantes, delicados, femeninos y brillantes como la seda. Casi aplastó la nariz contra el cristal. Luego, pensando con alegría en el tesoro de su pequeño bolso, abrió la puerta del paraíso…

La dependienta levantó la vista cuando entró la niña. Una pequeña regordeta con ropa sencilla, unas gafas de cristales gruesos como fondos de botellas de cola sobre una nariz ancha y un cabello que sobresalía en todas direcciones, como fibras de lino áspero. Además, la pobrecilla estaba cubierta de pecas… Sí, algún día le costaría encontrar un buen marido. La mujer le dedicó una sonrisa amable y le preguntó en qué podía ayudarla.

Las pequeñas manos de Chloe temblaban cuando levantó el bolso para vaciar sobre el mostrador nueve francos y noventa céntimos en un montón de monedas pequeñas. Después se apresuró hacia el escaparate, emocionada, y señaló con un dedito regordete un extraño par de zapatos de salón de un rojo deslumbrante.

La dependienta vaciló y observó a Chloe con atención. Todavía llevaba la bata del colegio, así que debía de haber salido directamente de clase. Debajo asomaba una sencilla falda de algodón, y bajo ella dos piernecitas pálidas, gruesas y cortas, casi como las de un bebé. Sus pequeños pies llevaban calcetines blancos hasta los tobillos y unos zapatos de cuero bastos y de mala calidad… Una imagen absurda, especialmente al compararla con aquellos zapatos de salón que solían llevar las señoras de moral ligera.

Le preguntó a Chloe si estaba segura, si no preferiría comprar otra cosa que le sentara mejor. Aquellos zapatos eran para mujeres adultas, no para niñas. Pero Chloe insistió en que quería precisamente esos. Tras mucho rogar y suplicar, la dependienta acabó vendiéndole los zapatos de sus sueños…

La niña salió de la tienda rebosante de felicidad. Por fin tenía aquel talismán que la transformaría en una hermosa dalia en flor. Solo debía ponérselos y envolver el mundo en un resplandor maravilloso…

Caminó unos metros, se quitó la cartera del colegio, se sacó los pesados zapatos de cuero marrón y, con esfuerzo, metió los pies en los zapatos de tacón rojo intenso. Cuando intentó levantarse, volvió a caer sobre su pequeño trasero regordete antes de darse cuenta de lo que ocurría. Pero no se rindió. Y, al final, consiguió caminar con ellos.

Se sentía increíblemente elegante mientras recorría la Rue de la Sous-Préfecture en dirección a la Place Gabriel Péri. ¡Y debía de serlo, porque la gente se detenía para verla pasar! Sentía que caminaba sobre las nubes, aunque tropezaba a cada momento y empezaba a preguntarse cómo podían las mujeres adultas pasar a veces un día entero con aquellas cosas en los pies…

Feliz, Chloe avanzaba a trompicones por las calles, disfrutando de las miradas que le dedicaban, sin percibir los susurros que intercambiaban los demás. No oía aquel «¡Qué escándalo!» murmurado a su paso, ni los comentarios sobre su madre, ni las maldades que se contaban unos a otros.

—Sí, la señora Michel siempre ha sido rara. Pero ¿esto? ¿Dejar que su hija vaya así por la calle?

—Esos zapatos deben de haber costado una fortuna. ¿Y para una niña como esa? Lo típico de una madre soltera. Enseguida se sabe cómo se gana la vida mamá.

Y otras crueldades, de esas que en la vida cotidiana se esconden tras los trajes de chaqueta de colores de caramelo y tonos pastel, y los sobrios trajes marrones de los caballeros.

Chloe no advertía el desprecio, el rechazo y las burlas que la seguían como un veneno silencioso. Simplemente era feliz. Una niña de doce años que había logrado dar el salto de la infancia a la edad adulta. Fuera lo que fuera lo que eso significaba. Y aquellos zapatos mágicos… ¿Acaso no existían los zapatos mágicos? En El mago de Oz también los había. Aquellos zapatos la habían hechizado. De patito feo a hermosa princesa…

Así que disfrutaba de cada paso doloroso que la acercaba a casa. A mamá. ¿Qué diría? Seguro que reconocería la belleza de aquellos zapatos y su magia en cuanto Chloe se plantara delante de ella. ¡Y seguro que admiraría la voluntad de hierro de aquella niña que había sabido mantenerse firme y ahorrar durante tanto tiempo! Chloe estaba deseando llegar.

Todo se volvió aún más emocionante cuando alcanzó la Place de la Bouquerie. Allí se reunían siempre los mayores, a los que ahora también pertenecía ella. Y todo gracias a sus zapatos mágicos.

Radiante y llena de confianza, se acercó a trompicones a un pequeño grupo de adolescentes. No tardaron en descubrirla. Henrie fue el primero en verla. Estaba a punto de cumplir diecisiete años y era el líder de la pandilla. Tenía una Mobylette nueva que su padre le había regalado dos meses antes. Y era el hijo del subprefecto, lo que por sí solo lo convertía casi en un dios.

Henrie tuvo que mirar dos veces para creer lo que veía. Tenía que ser Chloe. Una de las alumnas de los cursos inferiores. Ya de por sí tenía un aspecto extraño, pero ¿ahora? Vestida con aquellos andrajos y, sin embargo, con esos zapatos caros y ridículos en los pies. Un absurdo. Dio un codazo a Philip, que estaba a su lado. Los demás también la habían visto y cuchicheaban entre risas apenas disimuladas.

Allí estaban, divirtiéndose a costa de la pequeña Chloe. Cuatro chicos y dos chicas… La llamaron para entretenerse un rato. La trataban de «señora», hacían reverencias y se reían. ¿Y Chloe? No entendía aquellas bromas por lo que eran. Seguía demasiado cautivada por el hechizo de sus zapatos mágicos.

Cuando empezaron a empujarla, comprendió. Pero para entonces ya habían perdido cualquier reparo. Se burlaban de ella, la zarandeaban, y unas lágrimas amargas le corrían calientes por las mejillas. Huyó. Solo quería volver a casa, a su habitación. Cerrar la puerta y no volver a ver aquel mundo tan horrible. Quizá recibir unas palabras de consuelo de su madre, un abrazo. Un amor que no hubiera que comprar…

Cuando llegó a casa, su madre ya la esperaba. Pero en lugar de consuelo recibió una bofetada. ¿No le había dicho que no comprara aquellos zapatos? El cura ya había ido a contarle cómo se paseaba su hija por las calles. ¡Como una fulana! Su madre estaba segura de que toda aquella maldita ciudad hablaría de ellas.

Le ordenó a Chloe, que no dejaba de llorar, que se quitara los zapatos. Después los agarró y los arrojó a la estufa, donde los sueños de la niña empezaron a derretirse y a arder, convirtiéndose poco a poco en cenizas…

Aquella noche, Chloe recogió algunas cosas y su osito de peluche, y salió por la ventana. Nadie volvió a verla. Nadie dedicó un solo pensamiento a cómo se había reído, a lo que había susurrado o a los empujones que le había dado. Una niña desaparecida. Esas cosas pasan. Nada extraño, con una madre así… que dejaba que su hija saliera a la calle con aquellos zapatos…

Una madre que ahora comprendía qué tenía más valor: el amor por su hija o las opiniones de una sociedad maliciosa. Ahora conocía la respuesta. Pero era demasiado tarde. Durante mucho tiempo, sus lágrimas mojaron la lápida y la tumba vacía. Y cuando finalmente murió, Chloe y sus zapatos rojos quedaron olvidados, como las cenizas que tantos años atrás se habían enfriado en la estufa…