La verdadera belleza está en el interior. Aborrecía aquella frase, porque era la mayor mentira que había encontrado en su vida. Sabía manejar las palabras, hacer malabarismos con ellas como pocos. Ayudaba a la gente, le daba ánimos y le enseñaba a mirar dentro de su propio corazón. Pero nadie quería aventurarse a mirar en el suyo, porque a la mayoría no le gustaba lo que veía allí. Él era el monstruo, el ser relegado a los márgenes, la criatura de la que podían burlarse y a la que podían ahuyentar. La cosa que cargaba con una culpa que no había cometido.

Tenía sus ideales, su propia concepción de la belleza, y precisamente por eso podía comprender a los demás. En la vida, la belleza era la llave de la satisfacción. Una llave concedida a muy pocos, pero capaz de abrir tantas puertas. Le gustaba contemplar imágenes de mujeres hermosas e imaginar cómo sería estar junto a una de ellas. Pero entonces miraba en el espejo —aquel espejo interior en el que solo él podía verse— y encontraba a esa criatura deforme que le devolvía una mirada burlona. Se reía de él desde el otro lado del cristal y hacía que sus sueños se estrellaran contra el duro suelo de la realidad, como un vaso arrojado contra la pared en un arrebato de ira. Era un monstruo y, sin embargo, una criatura capaz de anhelar y soñar.

Con el tiempo se volvió más callado. Aceptó que nunca podría caminar por el centro del camino de la vida, que nunca sería como los jóvenes dioses que lo rodeaban. Petimetres vestidos a la última moda, bendecidos con cuerpos tan hermosos que podrían haberlos convertido en actores. Y, sin embargo, unos débiles de corazón de piedra. Los admiraba y los despreciaba por igual. A ellos, que nunca estaban dispuestos a compartir el espacio, que lo empujaban incluso cuando ya se había apartado y no tenía adónde retroceder. Sí, los admiraba y los despreciaba por igual. Los observaba romper corazones, presumir de ello y reírse.

Pero él era el monstruo entre ellos…

Era un marginado, un bicho raro. Tenía que serlo: era diferente de los demás. Y a los bichos raros se les temía, a los monstruos se los evitaba. A él lo evitaban y lo temían, aunque no comprendía por qué.

Era tan distinto que hasta el río lo había escupido, dejándolo en la orilla, jadeando y luchando por respirar. La roca no lo había destrozado. Ambas cosas le habían causado dolor y enfermedad. Ni siquiera las sustancias que había ingerido para poner fin a su miserable existencia lo habían matado. Era diferente, aunque solo quería ser una persona corriente. Un bicho raro que debía resignarse a ser una absurdidad. Una criatura a la que ni siquiera la muerte quería…

Una noche, mientras recorría de nuevo las calles a solas, otro grupo se acercó a él. Ruidosos y agresivos, lo llamaban diversión. El más escandaloso vino hacia él y él se apartó, como siempre. Aun así, el otro chocó contra él y reaccionó lleno de furia y odio. Lo empujó, lo pateó y le escupió, y algo se quebró en su interior.

Sabía que, si permanecía quieto, todo sucedería como de costumbre. Alguien lo encontraría y lo ayudaría, y él se alegraría. Una mano que lo acariciara, alguien que le hablara con dulzura y le ofreciera la ilusión del afecto, cuando en el fondo solo había humanidad. Pero ya no quería aquello. No quería más lástima, porque el precio de la lástima eran las lágrimas y el dolor.

Algo se quebró dentro de él aquella noche. Se abrió una puerta tras la cual había vivido oculto un verdadero monstruo…

Se levantó, agarró al joven y lo golpeó. Por primera vez sintió en las manos una sangre que no era la suya. Por primera vez comprendió que el otro era tan débil y tan fuerte como él. Incluso más débil. Golpeó una y otra vez, sintió cómo los huesos cedían bajo sus manos y descubrió en sí mismo algo que nunca había conocido.

Una oscuridad y un odio que lo asustaban, pero a los que en aquel momento estaba completamente entregado. Los amigos del joven petimetre huyeron, dejando a su compañero a solas con él. Algo más antiguo que él mismo, algo que quería destruir, había escapado y gobernaba sus actos. Donde antes la poesía y la música llenaban de luz el espacio de su desesperación, de pronto solo había odio y destrucción. La rabia acumulada durante años, la crueldad irreflexiva de los demás, llenaban ahora su corazón.

Y allí yacía aquel cabrón. Uno de esos tipos a los que siempre había creído invencibles, ahora gimoteando a sus pies y suplicando clemencia. Sollozaba, se meaba encima y llamaba a su madre. Tal como él mismo había llorado tantas veces, pidiendo piedad o ayuda mientras se retorcía bajo los golpes y las patadas de otros.

Un cuerpo de dios griego y, dentro de aquel cuerpo, un cobarde lloriqueante. Alguien que solo era fuerte frente a los más débiles y que nunca había aprendido a soportar el dolor. Lo miró desde arriba, con los ojos encendidos de ira, contempló lo que había hecho y dejó al cobarde entre sollozos.

Huyó, aterrado ante la idea de que lo persiguieran y lo castigaran. Tardó mucho tiempo en comprender que nadie le haría nada…

El miedo lo invadía, porque había descubierto en sí mismo algo que hasta entonces no había querido ver: la capacidad de odiar y destruir. Por primera vez había sentido su propia fuerza. Lo fácil que le resultaba arrojar por el aire aquel cuerpo poderoso. Lo frágiles que eran los huesos del otro. La rapidez con la que unas manos podían destruir. Tuvo miedo al comprender lo fácil que era vencer.

Había en él un lado oscuro al que temía. Sin embargo, también empezó a comprender que quizá albergara otras cosas, otras facetas que aún no conocía. Y comenzó a buscarlas, a explorarse a sí mismo…

Al principio le costaba acercarse a los demás, pero lo conseguía. Lo que había confundido con lástima fue convirtiéndose poco a poco en la certeza de que podía conmover y entusiasmar a la gente. Una absurdidad, sin duda, pero quizá no tan terrible.

Cuando alguien volvía a atacarlo, aprendía que podía controlar la fuerza y la capacidad de destrucción que habitaban en él. La ira permanecía, y también la tristeza. Pero el miedo ya no. Con el tiempo, la rabia ciega que lo dominaba cuando lo golpeaban cedió el paso a una respuesta consciente. Se movía de otra manera: más seguro, más erguido, con mayor firmeza…

Prestaba más atención a su aspecto, vestía según su propio gusto y dejó de intentar imitar a los demás. Seguía siendo un marginado, pero eso también lo hacía singular. Así que se permitió diseñar su propia ropa, crearla según sus preferencias y su ideal.

Continuó observando, poniendo sus pensamientos por escrito e intentando hablar con otras personas. Al principio, con palabras entrecortadas y cierta timidez; después, con una confianza cada vez mayor. Dejó de considerar a los demás seres superiores. Y poco a poco empezó a mirar a los hermosos de este mundo con una mezcla de admiración y compasión, en lugar de la admiración y el desprecio de antes.

Sabía lo débiles que eran en el fondo. Que muchos solo podían elevarse empequeñeciendo a otros y que sus ojos eran ciegos a cualquier belleza que no se mostrara de forma evidente ante ellos.

Aquellos a quienes hasta entonces había considerado amigos comenzaron a alejarse cuando comprendieron que ya no escribiría para ellos, ni les haría el trabajo, ni seguiría dispuesto a regalarles cosas. Ya no quería que otros corazones fueran dañados para satisfacer los deseos de alguien a quien nunca se había atrevido a ver como realmente era. Sus amigos se marcharon entre burlas y desprecio, pero también con rabia, porque ahora tendrían que resolver sus asuntos por sí mismos…

Con el tiempo conoció a una mujer. Ella lo sedujo, lo llevó a su cama y él descubrió por primera vez lo hermoso que podía ser el contacto. Lo que significaba recibir un beso lleno de sensualidad y deseo. Sentir unas manos cálidas acariciando y dando calor a su propio cuerpo frío.

Disfrutó de su calor y de las palabras que ella le regalaba, aquellas palabras maravillosas que llegaban mucho más allá de su cuerpo, y sintió que algo florecía aquella noche. Mucho después del día en que se había defendido por primera vez, volvió a sentir aquella luz en su interior. El fuego que forjaba palabras hasta convertirlas en eslabones, los unía uno a uno y les daba una magia con la que podía hacer brillar los corazones ajenos.

Finalmente comprendió que no era un monstruo, sino alguien especial. Observó con más detenimiento aquel espejo que antes había creído un reflejo de sí mismo. Entendió que había estado contemplando una imagen deformada. Había tomado todo el daño que otros le habían hecho como una verdad sobre su propia persona, y aquello había estado a punto de quebrarlo.

Hoy sigue su rumbo, recorre sus propios caminos y se encuentra con otras personas, casi siempre con quienes tampoco lo han tenido fácil. Intenta ofrecerles un poco de esperanza en un mundo de monstruos. No sabe hasta dónde llegará su camino ni cuánto tiempo habrá de recorrerlo. Pero todo cuanto encuentre y viva a lo largo de él será su legado.

Y recorre ese camino con la cabeza alta…