Cuando despertó, todo estaba en silencio a su alrededor. Una niebla tenue flotaba sobre el paisaje desolado, y él se volvió boca abajo. Tenía un pie enredado en la alambrada. No había logrado llegar a la trinchera, y algo duro lo había golpeado en la espalda. Tenía frío, un frío terrible, y se ciñó el abrigo sucio y desgarrado alrededor de los hombros. Pensó en cómo había sido aquel paisaje apenas dos años antes: campos y árboles en flor, un cielo que siempre parecía prometer un buen amanecer. ¿Y ahora? Una tierra de nadie hecha de barro y trincheras, disputada desde todos los flancos y empapada con la sangre de aquellos a quienes, lejos de aquel infierno, se veneraba como héroes.

Era perverso e inhumano: una matanza en una gigantesca cadena de montaje de la muerte, a la que cada día se entregaban nuevos rostros y nuevos destinos para ser triturados hasta convertirse en sangre, barro y suciedad. Era un honor morir por la patria, decían. Pero allí no había honor alguno, tan solo una pesadilla interminable.

La espalda le dolía atrozmente y le costaba respirar. Yacía oculto entre la niebla y el barro, y el único sonido que le llegaba era el leve susurro del viento al pasar sobre los hoyos y los cráteres de los obuses, silbando alrededor de las estacas que sostenían las alambradas, siempre al acecho. Estaba aterido y cerró los ojos un instante. Una breve tregua en aquella locura de un honor falso…

«¿Te has portado bien?»

Era la voz de Papá Noel la que escuchaba; una voz que, curiosamente, siempre sonaba como la de su tío. Tenía seis años y estaba de pie, vestido con sus mejores ropas, ante el abeto iluminado por velas, con las manos dócilmente juntas y la mirada baja, entre el temor y la ilusión. Le habían comprado uno de aquellos nuevos muñecos de peluche. Un oso con un botón en la oreja. Exactamente como el que siempre había deseado. Veía los ojos de su padre y los de su madre, ambos satisfechos al contemplar su alegría. Julius. Sí, así llamaría a su oso…

El viento era helado, y el frío se extendía desde un punto de la espalda hacia el resto de su cuerpo. Se desprendió del recuerdo y se incorporó. Tendría que seguir avanzando si quería sobrevivir. Pero ¿hacia dónde? Había perdido la orientación y ya no sabía dónde se encontraba aquella línea del frente que cambiaba sin cesar. ¿Estaba en territorio enemigo? ¿O seguía en terreno alemán? No lo sabía. Y aunque no hubiera estado allí aquella maldita niebla, todos los rincones de aquel patio de juegos de la muerte parecían iguales. Sus dedos arañaron la tierra. El miedo y la desesperación le arrancaron una lágrima, una de tantas que ya habían empapado aquel suelo y lo habían convertido en barro.

Estaba débil, y el viento silbaba sobre él. Le recordó a su madre, la mano que le había puesto en el hombro al despedirse y aquella mirada en la que se mezclaban el orgullo y el miedo. Recordó a su padre diciéndole que no tenía por qué temer, que los enemigos no representaban ningún peligro y que haría una buena obra cristiana si acababa con aquellos perros. La imagen del enemigo había cambiado allí. En algún momento, los monstruos se habían convertido en hombres, y después los hombres se habían convertido en sombras: ojos vacíos que lo miraban sin esperanza de un mañana y reflejaban aquello en lo que él mismo se había convertido. Un cuerpo consumido, con los ojos vidriosos, que hacía mucho había perdido la fe en lo que lo había llevado hasta allí.

Su padre. Aquel hombre que le había quitado a Julius el día de su duodécimo cumpleaños. Los niños no jugaban con muñecas. En su lugar, había recibido un ejército de soldados de plomo. Fríos y lisos bajo sus uniformes pintados. Todos iguales: en el ejército no había lugar para la individualidad. Fila tras fila, armados y sonrientes, marchaban hacia una guerra que jamás terminaría para ellos. Pero ninguno podía ofrecerle en sueños la misma protección que su querido oso Julius. Entonces no se había atrevido a llorar ni a suplicar a su padre que se lo devolviera. Sabía que su padre quería hacer de él un hombre, no un muchacho llorón…

Volvió a cerrar los ojos. Sus pensamientos se alejaron de Julius y fueron hacia su madre, hacia los dominios seguros de una infancia que ahora le parecía terriblemente lejana. El viento pasó sobre él y trajo una oleada de calor. Quizá ardiera un fuego en algún lugar cercano. Intentó arrastrarse hacia delante, luchar contra el frío y la debilidad, cuando sus dedos tocaron algo extraño. Una forma familiar. Un pelaje mojado. No era el cabello de un camarada ni el pelo de un caballo: aquello era demasiado suave. Cerró los dedos alrededor del objeto y lo sacó del barro. Era un oso de peluche que lo miraba con un solo ojo, mientras el otro colgaba de un hilo.

Empezó a reír. En algún lugar a su espalda debía de arder un fuego que enviaba aquella corriente de calor hacia él, y ante sus ojos había un viejo oso deshilachado que había aparecido justo cuando recordaba al suyo. Había querido a su Julius, a su pequeño y suave compañero. Un camarada silencioso que lo acompañaba en sueños y mantenía alejados a los monstruos que acechaban en la oscuridad de su dormitorio infantil. Un centinela mudo, peludo y fiel, con un botón en la oreja.

Sujetó con fuerza al oso y se arrastró un poco más. El calor se había acercado, y el viento le traía los primeros olores. Olía a bizcocho de miel y a leche caliente. ¿Quizá un nuevo gas venenoso? Por los relatos de los demás sabía que algunas sustancias de combate desprendían un olor dulce, casi agradable. No, no quería morir. No así. No en el anonimato del campo de batalla. No quería que otros pasaran por encima de su cadáver, que su cuerpo, bajo el estruendo de los morteros, se convirtiera poco a poco en aquel barro en el que todo acababa convertido.

Reunió sus fuerzas y se puso de pie. Dejaría el fusil allí; para él, el tiempo de combatir había terminado. No miró atrás. Solo quería alejarse. Con el oso de peluche en la mano, dio al principio un paso penoso tras otro. Su cuerpo tardó en comprender que todavía le quedaba energía. Empezó a correr despacio, paso a paso. Lejos de allí. Tan lejos como pudiera de aquella tierra belga destrozada y profanada.

El viento a su espalda se hizo más fuerte y lo ayudó a huir a través del campo. Tenía que seguir corriendo, porque el olor dulce lo perseguía con el viento. Saltaba trincheras, tropezaba con alambres y, cuanto más avanzaba, menos atención prestaba al martilleo punzante de la espalda. Con el oso en la mano, el soldado herido huía hacia delante entre la niebla turbia, dondequiera que estuviera aquel delante. En algún momento tropezó, volvió a caer en el barro y tocó algo duro. Sus dedos se cerraron sobre una fotografía. Su fotografía. Eso tenía que significar que su padre o alguno de sus hermanos lo había seguido a la guerra. No le importaba lo improbable que fuera encontrar rastros de su propio pasado precisamente allí, en aquella mezcla de barro, sangre, lágrimas y cuerpos destrozados. Se levantó y llamó, gritó tan fuerte como pudo, mientras más lágrimas se filtraban en la tierra empapada…

Allí estaba otra vez aquel olor dulce y tentador de la muerte química. Siguió corriendo, llamando una y otra vez a su padre por su nombre, sin obtener respuesta. Mientras corría, guardó la fotografía en el bolsillo del pecho: algo que quería llevar de vuelta a casa. Finalmente dejó de llamar y se limitó a correr, hasta que la niebla empezó a disiparse y llegó a la linde de un pequeño bosque. Allí todavía quedaban árboles y algunos arbustos dispersos. Vida que la guerra y el rugido incesante de los morteros y los fusiles aún no habían extinguido. Debía de haber corrido mucho, muchísimo, y seguía sin saber dónde estaba.

Avanzó a trompicones entre los árboles, todavía con aquel olor dulce pisándole los talones, hasta que llegó a un claro. Ya no estaba solo. Algunos de sus camaradas debían de haber huido de la nube venenosa en la misma dirección. No tenían mucho mejor aspecto que él, pero habían encontrado a un nuevo jefe: su padre. Vestido con un uniforme relativamente limpio, estaba ante ellos explicándoles adónde irían. Una nueva orden de arriba los llevaría a casa, y él había recibido instrucciones de conducirlos hasta allí. Vio a su hijo y le hizo una seña para que se acercara. Ninguna reprimenda por llevar un oso de peluche entre los brazos en lugar de un arma. Ni una palabra de reproche. Solo una lágrima que recorrió el rostro de su anciano padre mientras contemplaba a su hijo…

El viento silbaba suavemente sobre la tierra de Bélgica y pasaba sobre el cuerpo sin vida que yacía en el barro. Una bala había entrado por la espalda y atravesado un pulmón, apagando una vida joven y arrebatándole su futuro. La mano derecha del soldado estaba extendida hacia delante, como si quisiera aferrarse a algo que significaba mucho para él y que debía permanecer oculto a las miradas ajenas. Su nombre no figura en ninguna parte. Un desconocido que tuvo que entregar la vida por la locura de unos pocos. Otra historia sobre un ser humano que cuenta el viento de la noche, ese viento que conoce los nombres y las historias de tantos y que algún día también susurrará nuestros nombres…