Es de noche y deambulo por las calles desiertas. Me detengo ante algunas ventanas, observo la luz que se filtra a través de ellas e imagino cómo será la vida al otro lado de los cristales. Personas, familia, compañía… ¿Felicidad? Tal vez. O tal vez no. Llegan a mis oídos fragmentos de una discusión. Aquí, una mujer grita histéricamente a su marido. Allí, un niño pequeño llora. Más allá, gemidos de placer, sonidos que hablan de dos personas que esta noche se sumergen en su propio mundo de deseo y entrega.

Camino entre las sombras, atraído por la luz y el calor como una polilla. Una criatura nocturna que describe sus círculos en busca de algo que ni siquiera sabe definir…

Un leve crujido junto al suelo. Dos pequeños ojos negros y brillantes me observan con astucia desde la oscuridad, como si quisieran decirme: «Haz como yo, humano. ¡Escóndete!». Una pequeña rata busca alimento entre la abundancia de desperdicios de la ciudad. De pronto, un ruido sordo. El roedor vuelve la cabeza y busca su salvación en la huida. También un gato anda buscando comida esta noche.

Es de noche, y son muchas las ratas y los cazadores que andan al acecho.

Doblo por una calle lateral. Un atajo. Pero cuando he recorrido aproximadamente la mitad, percibo un movimiento furtivo al otro extremo.

Tres hombres, muy juntos. Cuchichean, intercambian miradas, me observan fijamente y me evalúan. Me doy cuenta de que intentan pasar lo más inadvertidos posible. ¿Tres transeúntes inofensivos que emergen de las tinieblas? Me ajusto el abrigo sobre los hombros, dejo libre el centro de la calle y continúo pegado a las paredes de las casas. Mi atención se concentra cada vez más en las tres figuras que tengo delante.

Algo emana de ellos: una amenaza. Gestos intercambiados, movimientos furtivos al final de la calle, un breve destello en una mano, metal reflejando la débil luz de las farolas. Otros cazadores en la noche, aguardando una presa fácil y convencidos de haberla encontrado…

¿Debería dar media vuelta y correr? ¿Pero hacia dónde? Las calles que quedan a mis espaldas están vacías y mis gritos de auxilio serían ignorados. Eso ya lo conozco. Llenarse los pulmones de aire y correr. Brazos y piernas moviéndose al ritmo de la huida y, al final, ¿qué? Uno acaba frente a un muro, demasiado agotado para defenderse. No. No voy a correr. Una oscuridad no puede huir de otra oscuridad. No, esta noche no huiré.

Los tres se acercan y, bajo la luz pálida de las farolas, empiezo a distinguir cada vez más detalles: pantalones holgados, zapatillas deportivas que han conocido tiempos mejores, chaquetas demasiado caras para que aquellos hambrientos fantasmas de la noche hayan podido adquirirlas por medios legales. No juzgo. Quien vive en circunstancias extremas también merece una vida digna y ropa que lo abrigue. Pero eso no le da a nadie el derecho de hacer daño a otra persona.

Las tres figuras están nerviosas. Tal vez sea la expectativa de una presa fácil, tal vez el miedo, o quizá una mezcla de ambas cosas. No sé exactamente qué pasa por sus cabezas, pero sí sé lo que pretenden hacer.

Todo lo que ven es a un hombre solitario que parece regresar a casa con la cabeza gacha. Las manos hundidas en los bolsillos para protegerse del frío nocturno y el cuello del abrigo levantado. Una víctima fácil. Los tres se separan, ocupando cada vez más espacio en la calle, dejando claro su mensaje: «Por aquí no pasarás». Uno de ellos se adelanta un poco. Quieren rodearme. Todavía podría escapar, correr a través de la noche y buscar refugio en algún rincón oscuro.

Algo brilla brevemente, de manera furtiva, en la mano del hombre que está en medio. Ha sacado un cuchillo. La suerte está echada. Demasiado tarde para correr. Demasiado tarde para ellos…

Es un trío extraño: ni vagabundos ni drogadictos, al menos a primera vista. No están precisamente bien arreglados, pero tampoco tan deteriorados como pensé al principio. Y ahora que se acercan, parecen más jóvenes de lo que me habían parecido. Escucho su respiración, veo pequeñas nubes de vapor formándose ante sus rostros. El olor del sudor frío llega hasta mi nariz.

Un olor peculiar. ¿Miedo? ¿Adrenalina? Las personas enfurecidas huelen de otra manera. El primero pasa junto a mí. Una mirada lateral, cargada de malicia, me roza, me examina, me sopesa, me juzga. Y puedo oler su inseguridad: un olor amargo, desagradable. Escucho atentamente para averiguar dónde se coloca detrás de mí, mientras mis ojos permanecen fijos en los otros dos.

El del medio se aproxima. Lleva el rostro medio oculto bajo la capucha de una sudadera verde, que viste debajo de una chaqueta de cuero de aspecto costoso. Mis sentidos trabajan a pleno rendimiento y percibo hasta el más mínimo detalle. No debo ponerme nervioso ahora, o esta noche acabará muy mal para mí.

Cuando apenas está a dos pasos de distancia, se abalanza sobre mí. Un cuchillo busca mi garganta y una mano sucia me empuja contra la pared de una casa. Quiere dinero, pero también algo más. Percibo su gusto por la violencia, su deseo de humillar y herir a los demás. Veo la codicia en sus ojos. Un cazador absolutamente convencido de tener a su presa a su merced. Pero yo me parezco más a una araña. Permanezco inmóvil y espero hasta que algo toca mi telaraña. Como acaba de hacer este…

El tercero permanece algo apartado, vigilando los alrededores.

Comprendo que intentará escapar. En cualquier grupo siempre hay uno que acaba huyendo. Dejo que el hombre del medio recite su discurso, le sigo el juego, finjo inseguridad y miedo. A veces aumenta la presión sobre mi pecho; otras, disminuye. La hoja del cuchillo me pincha ligeramente en un lado del cuello. No con fuerza, pero lo suficiente para hacerme entender que sería mejor permanecer quieto y soportarlo. Observo sus movimientos y la fuerza que emplea. Evalúo mis posibilidades.

Sus ojos empiezan a brillar. ¡Una rata que ha olfateado una presa gorda y segura!

Todavía se siente superior a su víctima cuando mi mano sale disparada hacia arriba, agarra la mano que sostiene el cuchillo y la aparta de mi garganta mediante una torsión. Un movimiento a un lado, detrás de mí. Un chirrido, el roce de una suela sobre el suelo todavía húmedo. Giro sobre mí mismo, arrastrando hacia delante el brazo del hombre del cuchillo y forzándolo mediante una torsión de la articulación del hombro, mientras mi rodilla se hunde en su hígado. El hombre se dobla hacia delante y lo arrastro conmigo en el movimiento, manteniéndolo ante mí como un escudo. Cumple su cometido y recibe la patada que el hombre situado detrás me había destinado.

El perro guardián ya ha comprendido que las cosas no están saliendo en absoluto como deberían. Pero es demasiado tarde. Me lanzo tras él y lo alcanzo antes de que pueda iniciar realmente su huida. Una patada breve y precisa en el tendón de Aquiles lo derriba cuando apenas ha empezado a correr. Quiero volverme hacia el hombre que está detrás de mí, pero ha sido más rápido de lo que esperaba. Sostiene algo oscuro en la mano, algo sólido que vuela hacia mi cabeza describiendo un arco. Me inclino hacia un lado y la porra me roza la mejilla, deslizándose sobre mi oreja con un ardor insoportable. Un dolor abrasador y un breve destello rojo ante mis ojos. ¡No perder el conocimiento! ¡No dejarme vencer por el sueño, ni siquiera durante un segundo!

Recuerdo otro dolor, parecido a este. Sé lo que se siente cuando los propios huesos se rompen bajo las patadas, o cuando golpes dirigidos con precisión encienden dentro de uno un sufrimiento tan intenso que las lágrimas brotan de los ojos. Recuerdo lo difícil que fue aprenderlo todo de nuevo: un paso después de otro. Reconstruir los músculos, volver a aprender a caminar e intentar borrar las huellas de tanto tiempo pasado inmóvil. Un instante, y vuelvo a dominarme. Pienso en las cicatrices que he acumulado a lo largo de los años. Las visibles y las invisibles. Pienso en esas tres figuras y en la posibilidad de tener que coleccionar todavía más cicatrices. No.

No, este dolor no es tan terrible. Ni siquiera se le acerca. Y sonrío silenciosamente para mis adentros. Tal vez una conmoción cerebral, pero seguramente nada peor. ¿Qué sé yo? Mañana lo sabré. Es una sonrisa fría y sombría, sin rastro de alegría, más parecida a la mueca de un lobo enseñando los dientes.

Mi pierna sale disparada hacia un lado y golpea su caja torácica. Un leve crujido, y el brillo furioso de sus ojos deja paso al horror. El grito que antes temblaba de rabia expresa ahora dolor. Tengo delante a alguien acostumbrado a infligir sufrimiento a los demás, pero no a soportarlo él mismo. Sin embargo, no se rinde. Intenta atacarme otra vez, ahora de frente, con los puños levantados delante del cuerpo. Retrocedo hasta sentir nuevamente la pared a mi espalda. Percibo la piedra fría y húmeda a través del abrigo y espero. Sé que mi movimiento será lo bastante rápido. Su puño se precipita hacia mi rostro. Me inclino hacia la derecha y su mano, impulsada por toda la fuerza de su cuerpo, se estrella contra el muro helado. ¡Con esa mano ya no golpeará a nadie!

Lo agarro por los hombros, atraigo su cuerpo hacia mí y estrello mi frente directamente contra el puente de su nariz. Un sonido espantoso, semejante al de dos piedras chocando entre sí, pero que me deja claro que este adversario ya no seguirá luchando.

Cae al suelo entre gemidos y permanece allí, quejándose de dolor.

El primero está tendido en el suelo, intentando recuperar su cuchillo. Lo aparto de una patada y desaparece entre las sombras con un tintineo metálico. Su pie se lanza hacia mí, intentando barrerme las piernas y hacerme caer.

Esquivo la patada y él intenta ponerse a salvo rodando hacia un lado. No es lo bastante rápido. Medio saltando, medio cayendo, dirijo mi puño contra su muslo, allí por donde pasa el nervio ciático. Acierto. Grita. Ya no puede correr ni mover correctamente la pierna. Pongo fin al combate asestándole un puñetazo en un lado del cuello, a la altura de la carótida, que lo deja inconsciente.

El perro guardián se ha recuperado un poco entretanto. Está otra vez de pie y su mirada va de mí a sus compañeros y vuelve a mí. Es el más afortunado de los tres esta noche, y lo dejo alejarse cojeando entre las tinieblas.

Me relajo y examino más detenidamente a los dos heridos. Apoyo a uno contra la pared. No quiero que se ahogue con la sangre que ahora está tosiendo. Sospecho que una costilla le ha perforado un pulmón. Doloroso, pero no necesariamente mortal. A mí también me ha pasado.

Coloco al otro en posición lateral de seguridad. No puedo hacer nada más. Me apresuro a alejarme, busco una cabina telefónica y llamo a una ambulancia. Cuando el hombre al otro extremo de la línea me pregunta mi nombre, cuelgo. Ya he sido bastante justo. Mucho más de lo que ellos lo fueron conmigo. Que otros se ocupen de los dos. Me retiro a un rincón oscuro desde el que puedo observarlos. Primero llega un coche patrulla y después la ambulancia.

Me adentro todavía más en la oscuridad y continúo mi camino. Ya no busco nuevas impresiones. Lo sucedido ha despertado demasiados recuerdos. Demasiadas cosas que no puedo asimilar de inmediato. ¿Debería haber huido después de todo? ¿Pero qué habría pasado si se hubieran encontrado con alguien más débil que yo? No lo sé. Me siento culpable y sucio. No, no creo que sea una buena persona.

Unas calles más adelante, algo cruje junto a un pequeño quiosco. Otra rata. Está comiendo los restos que los seres humanos ya no querían. Cuando advierte mi presencia, se esconde entre los contenedores de basura y me observa con ojos asustados. Y entonces pienso que son muchas las ratas que recorren la noche.

Unas tienen miedo. Otras lo siembran. Pero yo, ¿qué soy?

¿A cuáles pertenezco?

No lo sé…