Érase una vez, en uno de los reinos del sur, una reina de tan extraordinaria hermosura que parecía poseer cuanto los mortales pudieran desear. Sus riquezas no consistían únicamente en oro y piedras preciosas, sino también en jardines maravillosos, cuyos perfumes embalsamaban el aire durante todo el año y entre cuyos arbustos resonaban los dulces cantos de innumerables pájaros. Sus súbditos la admiraban no solo por su belleza, sino también por la bondad de su corazón, pues apreciaba las bellas artes y cuidaba con entrañable ternura de su pueblo. Sin embargo, entre tantos tesoros, había uno que le faltaba: el amor de un hombre…

Muchos eran quienes soñaban con tener a aquella hermosa reina a su lado. Ricos mercaderes, nobles, aventureros, príncipes y otros reyes acudían a pretenderla. Algunos incluso intentaron tomarla por esposa mediante la fuerza, pero sus ejércitos se estrellaron contra las murallas de su ciudad y encontraron un trágico final en las áridas y polvorientas extensiones que la rodeaban. Para aquellos que deseaban conquistar su mano por medios honrados, la reina había dispuesto unas pruebas que debían superar.

En apariencia, el desafío era sencillo. Aquel que consiguiera acercarse a ella en la sala del trono y tocarla obtendría el derecho de pedir su mano en matrimonio. Sin embargo, su trono se alzaba sobre una plataforma elevada, rodeada de tres fosos mortales. En el primero se retorcían serpientes venenosas; en el segundo nadaban cocodrilos hambrientos; y el tercero estaba lleno de oro fundido, cuyo resplandor prometía una muerte espantosa. Así sucedió que, con el paso de los años, muchos hombres valerosos perdieron la vida intentando conquistar a la reina. Y, pese a todo, seguían llegando nuevos pretendientes, atraídos por su hermoso cuerpo y sus incontables riquezas.

Con el tiempo, la reina llegó a sentirse tan abatida por su soledad que ordenó abrir las puertas del palacio a cualquier hombre que se atreviera a afrontar sus pruebas, sin importar su origen ni su condición. Pero los valientes fueron haciéndose cada vez más escasos, pues la noticia del terrible destino de sus predecesores se había extendido por todas las tierras. Y los hombres comenzaron a decirse: «¿De qué sirven una belleza incomparable y unas riquezas sin medida, si la propia Muerte gobierna el camino que conduce hasta ellas?».

Cierto día, un joven mendigo se presentó en el palacio. Los cortesanos y los guardias lo miraron con desprecio cuando, vestido con harapos, atravesó los grandes salones y anunció que deseaba pedir la mano de la reina. Nadie creía que aquella figura desaliñada pudiera superar siquiera el primero de los fosos. Todos estaban convencidos de que aquel pobre hambriento jamás lo conseguiría. Nadie imaginaba que tuviera la menor posibilidad de merecer siquiera una mirada de la soberana. ¿Qué podía ofrecer semejante desdichado a una reina de tan elevada condición?

Los guardias se negaron a dejarlo pasar. Dijeron que su aspecto constituía una ofensa para cualquier cortesano y que su olor era una insolencia en aquellos salones sagrados. Pero el mendigo conocía el decreto de la reina, según el cual todo hombre tenía derecho a presentarse como pretendiente. Así pues, se sentó ante las puertas del palacio y esperó.

No pidió limosna. Permaneció allí tranquilamente, con los ojos cerrados, y nadie podía adivinar adónde habían volado sus pensamientos ni qué sueños ocupaban su mente. Pasaron varios días, hasta que uno de los sirvientes de la reina reparó en él y, movido por la compasión hacia aquel muchacho que llevaba tanto tiempo esperando, se acercó para ofrecerle algo de comer.

El sirviente escuchó lo que el mendigo deseaba y después acudió ante su reina para explicarle la situación. La soberana alzó las cejas, sorprendida, pero ordenó que condujeran al joven ante ella, pues era ley suya que cualquiera pudiera intentar conquistar su mano. Y la reina se regía por un principio inquebrantable: las leyes que ella promulgaba eran válidas para todos, sin excepción alguna, porque su fundamento era la igualdad.

Mientras lo conducían hacia la sala del trono, el joven mendigo fue acompañado por miradas burlonas. Escuchaba los murmullos disimulados tras las manos de los cortesanos, advertía las expresiones desdeñosas de algunos y también las miradas compasivas de otros. Un joven heraldo lo detuvo un instante y le preguntó si de verdad estaba dispuesto a arriesgarse. Después de todo, habían acudido aventureros experimentados que conocían hasta los últimos rincones del mundo, príncipes y mercaderes acaudalados, hombres de gran sabiduría y poderosos guerreros a quienes nada había logrado detener… salvo las pruebas de la reina. Y el precio siempre había sido el mismo: ¡sus vidas!

Pero el joven mendigo se limitó a sonreír y puso agradecido una mano sobre el hombro del heraldo. Lo miró con serenidad y le dijo que nada poseía que pudiera perder, y que por eso no sentía miedo. Tal vez moriría, pero antes habría tenido al menos la dicha de contemplar de cerca a la mujer más hermosa del mundo y escuchar su voz. Y si, en una vida de privaciones, sufrimiento y miseria, no merecía la pena acercarse por un instante a una estrella resplandeciente, ¿qué otra cosa podría merecerla?

Y así fue como el joven mendigo entró en la sala del trono.

La sola visión de aquel lugar estuvo a punto de dejarlo sin aliento. Las paredes eran de mármol, adornadas con incrustaciones de oro y plata. A ambos lados había pequeñas fuentes de las que brotaban corrientes de agua fresca y cristalina. ¿Y en el centro? Allí se alzaba el trono, custodiado por dos guerreros gigantescos y rodeado por los tres fosos. En el primero silbaban las serpientes, aguardando una nueva víctima en la que clavar sus colmillos venenosos. En el segundo, unos ojos inmóviles sobresalían del agua, esperando arrastrar a algún incauto hacia las profundidades para devorarlo. Pero lo que más impresionó al muchacho fue el tercer foso. Estaba lleno de oro fundido, ardiente y humeante. Hermosísimo en su resplandor, y sin embargo portador de la promesa de una muerte dolorosa.

Pero lo verdaderamente extraordinario era la propia reina. Allí estaba sentada, con su piel del color del bronce bruñido, envuelta en sedas que realzaban las formas de su cuerpo en lugar de ocultarlas. Su cabello brillaba casi tanto como la seda más fina y, bajo la luz de innumerables llamas, adquiría un maravilloso resplandor azulado. Sus labios parecían dibujar una sonrisa eterna. Sin embargo, en sus ojos almendrados el mendigo descubrió algo que conocía demasiado bien: ¡dolor! El eco de la soledad, la más fiel y trágica compañera que puede acompañar a un alma humana durante su existencia.

Tan abrumado se sintió por la belleza de aquella mujer y por la magnificencia de las riquezas que lo rodeaban que tuvo que sentarse. Se acercó hasta el primer foso y tomó asiento en el suelo, sin apartar la mirada de la reina. Ella le devolvió la mirada, tranquila y expectante. Y cuando, pasado un tiempo, el mendigo seguía sin disponerse a comenzar las pruebas, le preguntó por qué no empezaba.

Su voz era como la música de un arpa que él había escuchado cierta vez, como si un ángel hubiera depositado un beso sobre su alma. Avergonzado, bajó la mirada hacia el suelo y le dijo que enseguida se levantaría para caminar hacia una muerte segura. Pero que lo haría con alegría en el corazón, pues ya había tenido el privilegio de vislumbrar el paraíso. Jamás habría imaginado que existiera semejante belleza ni que sus oídos pudieran escuchar una voz tan maravillosa.

Entonces comenzó a contarle lo que sentía en aquellos salones, aun sabiendo que la muerte lo aguardaba a pocos pasos, y por qué no tenía miedo. Después de todo, no era más que un mendigo. Un don nadie al que todos pasaban por alto, que la mayor parte del tiempo ni siquiera tenía algo decente que llevarse a la boca. Un ser sin valor a los ojos de la sociedad, que no tenía lugar entre las gentes respetables y dormía sobre piedras en vez de hacerlo sobre paja. Alguien a quien ahuyentaban cuando estorbaba. Y parecía que su mera existencia molestaba a la mayoría de las personas.

Y así el joven mendigo le contó la historia de su vida. Le habló de los sueños que habían tenido sus padres antes de que su padre cayera en alguna batalla lejana y su madre se viera obligada a venderlo a un mercader, de quien finalmente había escapado antes de que lo convirtieran en eunuco. Le habló de los sueños que había tenido de niño, de las esperanzas de sus padres y de cuánto anhelaba volver a dormir alguna vez en una cama de verdad, sin tener que preocuparse por dónde encontraría algo de comer o dónde podría descansar sin ser expulsado ni caer presa de las fieras.

Habló y habló, y la reina lo escuchó. Su sonrisa perpetua dio paso a una expresión de compasión que nadie había visto jamás en su hermoso rostro. Y al conocer el destino de aquel joven y el valor con el que había desafiado las adversidades de la vida, una lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla. Después otra. Y una más… Así permaneció la mujer más hermosa de aquellos tiempos, sentada en su trono, llorando lágrimas de tristeza por el destino de un desconocido. Y cuando el mendigo se levantó, dispuesto a entregarse a su suerte a pesar de la muerte que lo aguardaba, satisfecho de haber descubierto al fin qué era la verdadera belleza, la reina se puso en pie y exclamó con voz poderosa: «¡Detente!».

Sorprendido, el mendigo se quedó inmóvil, pensando que quizá ya no le permitirían continuar. Pero la reina se levantó, ordenó a los guardias que cubrieran los fosos mortales y, con la dignidad de una soberana y una sonrisa maravillosa iluminándole el rostro, caminó hacia el joven mendigo.

Le tomó la mano y le pidió que se levantara. Sin soltarla, lo condujo hasta la antesala del salón del trono y proclamó en voz alta que por fin había encontrado al hombre que sería su esposo.

Los cortesanos que momentos antes se habían burlado de él no se atrevían siquiera a levantar la mirada. Reinaba en la sala un silencio tan profundo que habría podido escucharse la caída de una pluma. Y todos se preguntaban cómo aquella figura pobre y escuálida había conseguido superar los tres fosos mortales y tocar a la reina, a pesar de sus guardianes. Pero así debía de haber sucedido…

Los dos vivieron juntos durante muchísimos años, largos y felices, y trajeron al mundo tres hijos maravillosos, cada uno de los cuales fundaría más adelante su propio reino. Ambos gobernaron con justicia y se aseguraron de que la pobreza quedara desterrada de sus tierras. Todos tenían el deber de cuidar de quienes necesitaran ayuda. Y para aquellos que no tenían a nadie se construyeron casas donde pudieran recibir alimento, refugio y atención.

Después de muchos, muchísimos años, el rey quiso finalmente conocer la respuesta a una pregunta que nunca se había atrevido a formular, por miedo a destruir aquel hermoso sueño. «Dime, amor mío, ¿por qué no permitiste que entrara en el primer foso aquel día?». La reina, cuyo corazón seguía rebosando del mismo amor que al principio, le respondió: «Mi amado, ideé aquellas pruebas porque deseaba encontrar a alguien dispuesto a hacerlo todo con tal de tocarme. Vinieron hombres que intentaron comprarme, amenazarme, poseerme o apoderarse de mis riquezas. Hombres que ansiaban poder, influencia… Todo, absolutamente todo, menos a mí. Pero entonces llegaste tú y tocaste algo en mi interior que ninguno de ellos había querido tocar jamás: ¡mi corazón! Por eso te elegí como esposo».

Y así fue como un hombre sencillo, que ya nada poseía en la vida y cuyo único deseo era contemplar una vez más algo hermoso, se convirtió en un rey poderoso y justo junto a una reina igualmente noble. Y la canción de su felicidad siguió contándose durante muchas generaciones. Y aún hoy, cuando algún viajero atraviesa las arenas de cierto desierto, puede escuchar por la noche el aullido del viento, que a veces parece transformarse en la risa clara como campanillas de dos amantes que se aman…